sábado, 22 de noviembre de 2008

La violencia en discusión



Desde hace algunos años, en la Argentina se ha vuelto a discutir la cuestión de la violencia política. Las polémicas acerca de los años ’70 suscitadas por la política de DDHH kirchnerista, que buscó ubicarse discursivamente a la izquierda de la teoría de los dos demonios fueron desarrollándose en distintas direcciones, a lo que hemos hecho referencia en anteriores números de este periódico. En Neuquén, hechos tales como el escrache a Felipe Solá y la brutal represión a la toma de Confluencia, con la consiguiente resistencia del barrio, pusieron nuevamente la cuestión de la “violencia” en la agenda pública, motorizada en primer lugar por el gobierno y sus elementos afi nes, que encuentran imprescindible restar legitimidad a los reclamos populares. Veamos de qué se trata.

Violencia y poder

Horacio “Pechi” Quiroga, recientemente eyectado de la Cancillería por su alineamiento con el sojero Cobos, declaró al diario Río Negro, que “los violentos quieren disputarle poder al Estado” en una alianza entre “usurpadores, partidos y gremios”. Lo que se discute según Quiroga es si tomas, paros y piquetes instalarán la anarquía o se impondrá el orden y el ejercicio del poder ofi cial. El mismo día en que se publicaron estas declaraciones, la policía volvía a desplegar su furia represiva sobre el barrio.

Ahora bien, ¿qué hay de cierto en los dichos de este notorio gorila? La acción directa, con sus diversos grados de violencia posibles, implica un cuestionamiento de la autoridad estatal. El estado se opone a la “anarquía” de la acción directa, porque solamente el Estado debe tener el monopolio de la violencia. Este monopolio de la fuerza realizado por el Estado, es una auténtica expropiación del derecho de autodefensa de los trabajadores y el pueblo. No está destinado, como creen algunos ingenuos, a evitar puñaladas entre vecinos, sino a que los trabajadores no cuestionen el orden social, disfrazado de orden legal.

Con el discurso de “acción directa=violencia=ilegalidad”, lo que se busca en realidad es legitimar la violencia organizada del Estado, cuyo aparato represivo se moviliza prestamente en la defensa de la propiedad privada, incluidos los grandes negocios inmobiliarios apropiadores del espacio público.

Apelando a la legalidad contra la violencia, Quiroga esconde que el procedimiento estatal fundamental consiste en “decidir a través de la fuerza” cuando los derechos de los trabajadores se encuentran en oposición al principio del orden y la gobernabilidad. Es como querer esconder un elefante debajo de una mesa. Pero también es una posición coherente con la tradición fusiladora de obreros de la que Quiroga forma parte.

Violencia y terror

“El terror no sólo viste de uniforme” dijo Juan Quintar en el programa Moneda Nacional, luego del escrache a Solá. Además de que esa es una de las principales conclusiones que instaló la teoría de los dos demonios, es también una muestra de la superfi cialidad de la visión derechista de Quintar. En efecto, el terror no sólo viste de uniforme, pero por razones opuestas a las expuestas por Quintar, que usa el latiguillo contra las organizaciones de DDHH y de izquierda. El terror no sólo viste de uniforme, porque la democracia actual se constituyó sobre la base de la impunidad del terror uniformado. El terror no sólo viste de uniforme, porque se instaló en lo más profundo del sentido común de la sociedad argentina. Y lo que el terror impuso es precisamente que no debemos sublevarnos, que si andamos queriendo modificar las cosas posiblemente nos den una dura lección. Y que debemos agradecer a la democracia que nos permite expresarnos sin sacar los pies del plato.

Cuando Quintar dice que el terror no sólo viste de uniforme, para atacar a los sectores combativos, no está haciendo otra cosa que difundir el discurso impuesto por el terror, que equipara el terrorismo de Estado con el supuesto terrorismo de las luchas obreras y populares. El terror no sólo viste de uniforme, porque en estos tiempos por ahora ni fríos ni calientes prefi ere vestir los harapos del s e n t i d o común “democrát i co” . Quintar expresa de esta forma, que ese sentido común es la continuación del terror por otros medios.

Violencia y clase obrera

En Filosofía y Nación, José Pablo Feinmann sentencia que “donde hay violencia, no hay pueblo”. Esta afi rmación, dirigida en su momento contra la conducción de Montoneros construye al pueblo en tanto sujeto del reclamo pacíf co y separa del pueblo a las “vanguardias radicalizadas”. Este “populismo pacifi sta” es un sentido común en todo un sector del “progresismo” neuquino, incluidas algunas conducciones gremiales, con las que compartimos el repudio a la represión estatal. Sin embargo, es históricamente falso que las manifestaciones populares genuinas de la historia nacional hayan sido todas pacífi cas. No le hubiera ido bien a Feinmann si hubiera querido disuadir a los habitantes del barrio porteño de Mataderos que levantaron barricadas en defensa de los obreros del frigorífi co Lisandro de la Torre. El Cordobazo no se destacó por su vocación pacifi sta, como tampoco el 19 y 20 de diciembre de 2001. Pero tampoco se puede olvidar que una de las manifestaciones más importantes de la historia argentina como el 17 de Octubre fue pacífi ca e incluso bastante controlada.

Entonces, es más real decir que ni el pueblo es en sí mismo pacífi co ni en sí mismo violento. Para los trabajadores la violencia es una experiencia que se despliega cotidianamente, a través de la imposición de su situación de clase y se hace evidente en la lucha de clases, en la que las relaciones de fuerzas y la resolución de situaciones a través de la fuerza están a la orden del día.

Violencia y creación política

Bakunin decía que todo acto destructor es un acto creador. Esto puede ser cierto a condición de que el acto destructor vaya acompañado de una consciencia sobre lo que se quiere crear. En este sentido, la violencia implícita en la acción directa, puede devenir creación en la medida en que forme parte de un programa que responda a los objetivos más sentidos de las masas trabajadoras y los vincule con el cuestionamiento de la propiedad privada. Ni los que levantan las manitos para mostrar que no tiraron nada ni los que creen que las piedras son de por sí un programa político pueden dar una salida en este sentido. En el fondo, ambas lecturas comparten un profundo pacifi smo. Unos no quieren enfrentar al aparato estatal. Otros piensan que es sufi ciente con algunas piedras. Ninguna de las dos posiciones puede permitir a los trabajadores superar el actual estadio de las relaciones de fuerzas frente a la clase dominante y su estado. A lo sumo, lograremos poner algunos límites al autoritarismo del MPN y sus amigos del gobierno municipal, unidos tras la defensa del orden.

Para que retrocedan en desbandada el partido del orden y su fuerza represiva, es necesario que la voluntad de combate de los jóvenes y los trabajadores encuentre un programa, un proyecto y una organización que conscientemente se proponga llevarlos adelante, para lograr la total emancipación de la clase trabajadora y todos los oprimidos. No se trata sólo de que las organizaciones gremiales defi endan una perspectiva clasista, sino de construir una organización que concentre la experiencia, la combatividad, el programa y las ideas para terminar con este sistema de explotación y opresión.

De esta forma, la violencia de los explotados puede transformarse en creadora de una nueva realidad. Este debate se planteará cada vez con más fuerza en la medida en que el partido del orden quiera hacernos pagar los platos rotos de la crisis. Y cada vez más necesitaremos construir nuestro propio “partido de la subversión”.

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