martes, 8 de julio de 2014

La lucha de Lear y el bonapartismo kirchnerista

                             La Gendarmería desalojó uno de los piquetes montados en Panamericana

Trotsky decía que, en América Latina, el peso del imperialismo por un lado y la relativa debilidad de la burguesía local frente al proletariado por el otro, creaban "condiciones especiales de poder estatal", más conocidas como "bonapartismo sui generis", tomando como referencia el bonapartismo "clásico" que era producto del "empate" de las clases en pugna que dejaba el camino libre para la dominación de la "burocracia, la policía y la soldadesca", pero en condiciones diferentes a las de los países metropolitanos. Los orígenes de esta conceptualización (muy utilizada en los escritos de Trotsky sobre la lucha contra el fascismo en Alemania) se remontan al 18 Brumario de Luis Bonaparte, en el que se explica cómo el híbrido de "restauradores" y republicanos de 1848 abrió el camino al bonapartismo de 1852. 

La relativa "occidentalización" de la Argentina durante las últimas décadas (clase media de masas, grandes medios de comunicación, "democracia" formal más o menos continuada aunque no necesariamente estable), permite que las formas políticas "sui generis" se combinen con las "clásicas", dando lugar a combinaciones originales, cuya originalidad no impide sino que supone su carácter más o menos aberrante. 


Pero, a diferencia de los procesos de 1848 a 1852, en la Argentina del 2014, los procesos políticos tienen sus particularidades que a su vez hacen su propio aporte a la historia de las restauraciones y los bonapartismos. 

El kichnerismo ha logrado reunir en su propia trayectoria todos los "avatares" que van de la caricatura de revolución pasiva a la restauración y el bonapartismo. Fue abriendo el camino para las distintas mutaciones del régimen político pos-2001, siempre anómalo, inestable e incompleto, recostado siempre sobre alguna unilateral fortaleza coyuntural, protagonizando cada una de ellas, creando "sus" giros a la derecha, que lo consolidaban como sujeto del proceso de estabilización de la dominación imperialista y burguesa, tanto como lo alejaban de la quimera "progre" de los que querían "trascender el pejotismo". 

Este es el momento, desde el 2003 hasta la actualidad, en que el kirchnerismo más consciente y abiertamente está actuando como "partido del orden" y a su vez todas las fracciones de la clase capitalista y su personal político, más allá de las internas y campañas electorales revistan en ese "partido". 

Las condiciones que permiten esta "unanimidad" (doblemente borgeana por el término en sí como por la unidad por el espanto más que por el amor) son a su vez relativamente "anómalas": un "fin de ciclo" lleno de dificultades pero que por ahora no tiene salida catastrófica, lo cual encolumna a todos los sectores tras la perspectiva de una salida ordenada. 

En este contexto, el gobierno de CFK de estos últimos meses constituye una forma aberrante de "gobierno de unidad nacional", no por la integración de todas las facciones políticas en el mismo, sino por la subordinación de estas al gobierno en retirada, en un marco de unidad burguesa y del crecimiento de las formas bonapartistas (disminución de la figura de Capitanich, vuelta de las cadenas nacionales y de la puesta en primer plano de la figura de CFK y sobre todo el uso de la Gendermería y la policía frente a las protestas obreras). Cabe recordar que Gramsci identificaba los gobiernos de "unidad nacional" como "un retroceso al cesarismo" (equivalente gramsciano del bonapartismo).

Como los fachos "securitarios" el gobierno parece decir "los despidos no son de izquierda ni de derecha, son necesarios" y actúa en consecuencia, actuando codo a codo con los factores del "poder real", como la burocracia del SMATA, el aparato represivo y las multinacionales extranjeras, mientras el progresismo en crisis no puede denunciar a los obreros por "destituyentes" ni defender el accionar del gobierno, aunque tampoco ofrecer una alternativa real al curso de su propio gobierno: se constituye en un "progresismo inoperante" que bien podría reservar mesa en el Varela-Varelita. 

En el movimiento obrero, la dinámica es, como en todos los demás planos, de "discordancia de los tiempos". En los sectores más avanzados y combativos se empieza a establecer una dinámica "pre-peronista" (lo de "pre" no implica un ingenuo "retroceso en el tiempo" sino que pretende llamar la atención sobre los elementos de continuidad de un incipiente "nuevo movimiento obrero" con las experiencias del pasado, que a su vez tiene un componente de renovación generacional) caracterizada por la acción directa e iniciales enfrentamientos con las fuerzas policiales, clasismo, organización independiente de la burocracia y cuestionamiento a la subordinación de los sindicatos al Estado, mientras que en las masas más amplias, sigue el descontento y a fuego lento se va llevando adelante la "experiencia" con el "ciclo histórico del peronismo". 

La posibilidad de confluencia de ambos procesos depende no solamente de la voluntad de la izquierda sino también de factores objetivos. Sin embargo, la presencia de Facundo Moyano en la carpa de Lear y el apoyo de la CGT tanto a este conflicto como al de Emfer, indica que ambos "mundos" no están desligados: lo que en la vanguardia es acción directa y organización en la resistencia, en las masas es descontento y formas diversas de exigencia a los sindicatos de que defiendan el interés de los trabajadores. Los sectores de la burocracia que definieron no morir atados al gobierno lo saben y actúan en consecuencia, aunque se cuidan de realizar acciones que faciliten esa confluencia en el presente, mientras anuncia paros para el futuro. 

Y también hay una discordancia de los tiempos entre la apuesta a solucionar la cuestión de los “fondos buitre” que abra la posibilidad de un nuevo ciclo de endeudamiento (y una sobrevida más “tranquila”) y las necesidades de la hora de una economía en retroceso, que la salida de enero empujó hacia mayores tendencias recesivas, retroceso en empleo y en el salario (el impuesto a las ganancias y la no actualización del "piso" empieza a afectar otra vez a sectores masivos de los trabajadores).

El kirchnerismo está cruzando dos límites que se había autoimpuesto relativamente como gobierno de contención y desvío: la no represión (pese a que ya había llevado varias adelante) y la bandera del no retroceso del empleo. La “foto” de este martes combinó en un mismo acto el cruce de esos límites: represión a trabajadores que cuidan sus puestos de trabajo. Y esto llevado delante de la mano de los peores rostros del personal de su coalición: la burocracia sindical del SMATA y su máximo exponente, el patotero Pignanelli, y la patota armada a las órdenes de Sergio Berni. 

Todos, trabajando para garantizar la violación de todos los derechos laborales y sindicales (con despidos y ataque a la comisión interna) por parte de una multinacional yanqui, justo cuando se está “enfrentando” a los buitres. La presencia del “Chino” Navarro en Lear es, además de un “homenaje” de un diputado que dirige un movimiento social a fin al gobierno, al renovado peso de la “cuestión obrera”; una manifestación de las contradicciones y la crisis de esa fracción de la coalición oficial. El silencio o las declaraciones de rechazo a la represión (como la del CELS) de sectores de ese espacio en las redes sociales, es parte de esto.

El dilema para el gobierno y las patronales es que la resolución de lo “macro” (la posibilidad de nueva deuda) presupone mantener los lineamiento de este ajuste, y pese a eso no está garantizado que pueda solucionarse en el tiempo necesario.

Lo destacado es que pese al mundial y la histórica llegada a semis (después de 24 años), el movimiento obrero, o sectores de vanguardia del mismo pueden ocupar la escena, hecho que evidencia que el “nacionalismo por el mundial” (que ya termina) tiene sus límites en un malestar general.

Este fin de ciclo, como ya se dijo, a diferencia de otros se caracteriza por dos hechos relevantes: una recomposición obrera y una izquierda con disposición a dar las peleas a la altura de la circunstancias (aunque sin garantía de triunfos en cada lucha particular) lo que es una escuela para el conjunto. 

Fernando Rosso/Juan Dal Maso

martes, 17 de junio de 2014

Realpolitik y hegemonía: a propósito de una lectura de Peter D. Thomas sobre la NEP

Mientras compañeros de más alta calificación dan cuenta de los avatares de la realidad argentina, los galos de Asterix seguimos con la tarea de "desmenuzar" el "marxismo de Peter D. Thomas", y su libro The Gramscian Moment, poco conocido en la Argentina, pero un best seller a nivel de la izquierda europea. 

En la conclusión de este post, hacíamos referencia a que la tendencia de Thomas (que exacerba a su modo la ya existente en Gramsci) de postular la hegemonía como "superación del plano económico-corporativo" entendida como una primacía unilateral de la política por sobre el peso social de la clase obrera, se expresa en su lectura de la NEP (Nueva Política Económica). Y accidentalmente, llegamos a un punto que une muchas aristas teóricas, programáticas y estratégicas. 

Thomas asimila la NEP a la política de Frente Único y plantea que la NEP no fue una mera "retirada" impuesta por las circunstancias sino un proyecto de hegemonía civil y política de la clase obrera rusa:


"... la NEP fue tanto una 'revolución cultural' como 'económica' que perseguía la renovación de las relaciones sociales (de producción  pero también otras relaciones sociales) sobre las cuales el Estado soviético se había fundado forzosamente. Fundamentalmente, esta NEP se basaba en la tesis de "primacía de la política", como el terreno de relaciones sociales transformadoras que podía proveer el dinamismo para superar las contradicciones económicas que amenazaban con destruir el flamante estado de los trabajadores" (The Gramscian Moment, pg. 236). 


El giro de la Tercera Internacional en 1921 hacia la política de Frente Unico para el movimiento obrero de Occidente coincide con la instauración de la NEP en Rusia, y ambas fueron respuestas a su modo al retroceso de la oleada revolucionaria que surge de la guerra y la revolución rusa. Una, destinada a ganar al movimiento obrero de Occidente para las posiciones del comunismo (empezando por la lucha común por cuestiones defensivas) y la otra destinada a revitalizar la alianza obrero-campesina, para consolidar el poder soviético a la espera de la revolución internacional. Pero así como el Frente Unico no es en sí mismo una política hegemónica (aunque puede ser el primer paso en ese sentido), la NEP tampoco  lo es y no casualmente los bolcheviques la presentaron como una "retirada táctica". 


En su Informe sobre la NEP soviética y la perspectiva de la revolución mundial, Trotsky explicó en qué sentido era la NEP una retirada. Contra los argumentos de la socialdemocracia europea que veía en la NEP una derrota de la revolución, Trotsky explicaba que el comunismo de guerra fue una política económica impuesta por las circunstancias de la guerra civil que subordinó las decisiones económicas a las necesidades militares. En este marco, Trotsky planteaba que la NEP era una política del estado obrero para avanzar en la "acumulación primitiva socialista", es decir no "la vía al socialismo" sino una política para sentar las bases de la reconstrucción económica del país bajo dirección de la clase obrera, cuyo carácter "socialista" se iría incrementando en la medida en que avanzara la revolución internacional, idea sintetizada por el propio Trotsky en ese informe: "Nuestra Nueva Política Económica está calculada para condiciones muy específicas de espacio y tiempo. Es la política de maniobra de un Estado obrero que se mantiene rodeado por el capitalismo y que apuesta al desarrollo revolucionario en Europa." 

En este contexto, se plantea la mil veces discutida cuestión de la hegemonía, antes y después de la toma del poder por la clase obrera. Y así como Trotsky dijera en La revolución española y sus peligros que el concepto de dictadura de proletariado no coincide mecánicamente con el de revolución socialista, otro tanto puede decirse de la relación entre dictadura del proletariado y hegemonía de la clase obrera en un país de desarrollo burgués "retrasado" que después de la toma del poder por el proletariado inicia su etapa de "transición" al socialismo (recordemos una vez más, siempre subordinada al curso de la revolución -o falta de ella- a nivel internacional).


Por eso, me parece que se podría pensar que el momento más "hegemónico" de la vanguardia de la clase obrera y los bolcheviques coincide con la toma del poder y el decreto agrario mediante el cual los bolcheviques lograron una base de masas para el nuevo Estado, que se expresa en la constitución de un Ejército Rojo de cinco millones de hombres (en su mayoría campesinos) y que posteriormente la "hegemonía" adquiere formas más precarias , propias de las condiciones de guerra civil y pos-guerra civil en que se desarrollan las relaciones entre el campesinado y la clase obrera. (Recordemos el sistema de contrapesos que planteara Lenin para asegurar la posición social de la clase obrera en el Estado obrero "con graves deformaciones burocráticas" al que hicimos alusión acá).


Desde este punto de vista, definir la NEP como una especie de revolución cultural o como la política hegemónica por antonomasia me parece un embellecimiento un tanto ahistórico de una realpolitik destinada a sostener un gobierno de la clase obrera que empezaba a perder el apoyo de los campesinos. Si bien el realismo político es condición necesaria para cualquier política "hegemónica", y aunque la NEP tuvo como complemento una ofensiva de los bolcheviques para fortalecer la construcción cultural, por todos los elementos planteados anteriormente, creo que sería más adecuado definir a la NEP como una realpolitik pre-hegemónica (es decir pensada para crear las bases para recomponer la hegemonía y no como expresión de la hegemonía como tal) en condiciones de existencia más o menos precarias del poder soviético. 


Porque si antes de la toma del poder una política hegemónica es aquella tendiente a que todos los oprimidos depositen sus esperanzas en la clase obrera como la única que puede dar una salida, en las condiciones de la "transición" una política hegemónica no es la que permite sostenerse en el poder a cómo dé lugar sino aquella que une las medidas "socialistas" con el fortalecimiento del peso social de la clase obrera en la sociedad de transición (por ejemplo una colectivización de la tierra con apoyo de los campesinos medios y pobres, al revés de la colectivización forzosa que hizo Stalin después de la Neo-NEP que defendiera con Bujarin hasta 1928-29). 


En este sentido, además de todas las críticas que hemos hecho en anteriores ocasiones al posicionamiento de Gramsci sobre el debate en la URSS entre la Oposición Conjunta y el bloque Bujarin-Stalin, cabe preguntarnos si "la hegemonía en régimen de NEP" de la que hablaba el comunista italiano, alguna vez existió, entre la realpolitik pre-hegemónica de 1921 y el "giro hacia el kulak" dado a la NEP a partir del surgimiento de la "teoría" del "socialismo en un solo país" en 1925, en un contexto en el cual las formas políticas de la dictadura del proletariado fueron cambiando a medida en que avanza el proceso de reacción social (Thermidor) desde 1924 con su consiguiente burocratización.


Por último, la postulación por Thomas de una teoría de la hegemonía entendida esencialmente como primacía más o menos unilateral de la política por sobre el plano social (que es el único nexo histórico real entre economía y política) termina exagerando el carácter "hegemónico" de la NEP al mismo tiempo que deja abierta la puerta para una interpretación de la hegemonía en clave del poder político basado en el consenso (criticada por el mismo Thomas como contraria al auténtico pensamiento de Gramsci).